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La nueva esclavitud

“Cuando muera quiero que usted me vista con zapatos de cordones. Quiero un abrigo boxback y un sombrero Stetson. Quiero que coloquen un trozo de 20 dólares de oro en la cadena de mi reloj de bolsillo. Entonces, los muchachos sabrán que he fallecido en mi apartamento de siempre”.

‘St. James Infirmary Blues’.
Tema basado en una canción popular inglesa del S.XVIII, anónima, aunque atribuida en ocasiones al compositor Irving Mills. Las bandas de Jazz Dixieland la hicieron popular a principios del S.XX.



Hace mucho tiempo que mi mejor amigo es el lenguaje, así que cuando miro en derredor y no comprendo algo, cuando intento analizar las cosas que ocurren y los porqués, cuando mi capacidad de asombro alcanza cotas que romperían en su dilatación cualquier termómetro, cuando advierto que hasta el sentido común ha abandonado los escenarios de nuestra convivencia, entendida ésta en los términos más amplios.

Me vuelvo hacia el lenguaje en busca de respuestas que me sacien, consciente de que lenguaje es pensamiento y las acepciones de las palabras, sin variar en lo esencial significados, suman capas de barnices que modifican los discursos que llegan de los afuera donde acontece la vida.

No voy a reproducir aquí refranes que ya son tópicos, pero sí a señalar que el valor de las palabras y la conjugación de sus acepciones son de una importancia capital a la hora de analizar cualquier sistema político, al igual que para ese sistema – sea el que sea – la utilización del lenguaje es fundamental para existir y perpetuarse. 

¿Dónde está entonces la colisión que se produce con el statu quo al contestar el régimen de convivencia en un Estado? Pues en la utilización certera de los significados frente a la manipulación de los mismos.

No han pasado dos meses desde las Elecciones Generales del 20-N, cuando los ciudadanos – incluso los que votaron al PP – comienzan a darse cuenta de que los cambios positivos que prometía la alternancia en el poder no van a ser los que se decía que serían. 

De modo que, a la luz de las medidas que van a tomarse de inmediato en los consejos de ministros – España ya es el sexto país con más miseria del mundo (Datos de The Economist) -, cualquier mediana inteligencia inferiría que no es el baile de siglas el que va a alegrar la fiesta sino que es necesario llevar la mente un poco más allá. Es preciso negar la mayor. 

No estamos ante un problema ideológico sino ante una gravísima crisis de sistema. No estamos en una democracia sino en una dictadura de partidos. Gobierne uno o gobierne otro, a ninguno de los dos, más los demás que también se sientan en el Congreso, les interesa que se mueva el tablero donde se desarrolla la partida y desde el que se precipitan al vacío los ciudadanos.

He visto a muchos ‘intelectuales de prestigio’ rasgarse las vestiduras cuando les he comentado que vivimos en una oligarquía que nada tiene que ver con la democracia. Es tal su ignorancia que, por poner un ejemplo, desconocen que no puede ser considerado democracia aquel sistema en que todos los votos de los ciudadanos – en España no los hay, sino súbditos – no valen lo mismo. 

De entre esas mentes que cito, los que se consideran ‘más avanzados’ señalan que “hombre, estamos en una democracia. Lo que ocurre es que tiene deficiencias”. Pues no señor. Usted no tiene la menor idea de lo que dice. 

Su discurso es tan disparatado que le señalo un ejemplo doméstico de modo que su limitado entender lo entienda: para que un pantalón tenga un agujero, es preciso que primero exista como pantalón. Si no hay calzón, no hay calzón deficiente. Es de cajón, de Perogrullo, pero el sentido común está veraneando en los antípodas.

No quiero extenderme aquí en enumerar todas las ausencias que hacen que estemos bajo una dictadura de partidos, partidos corruptos sean del signo que sean, y no en una democracia. Las he citado tantas veces que me canso de repetirme. Entiéndanme; al fin y al cabo en cualquier manual de Ciencia Política podrán informarse convenientemente. 

Pero sí me voy a pegar un poco a la realidad que vivimos para, entre otras cosas, darles razón del título que he puesto a este artículo: ‘La nueva esclavitud’, cabecera de la que podríamos eliminar el vocablo ‘nueva’, porque la esclavitud, con la extrapolación conveniente y la admisión de algunos logros en las libertades cívicas, sigue siendo la misma. 

Estamos ante una paradoja demoníaca que ustedes podrán comprender enseguida. Mientras que en los campos de algodón norteamericanos los esclavos eran esclavos y punto, en nuestras sociedades los esclavos tienen libertades, aunque siguen siendo esclavos. Porque la libertad fundamental jamás la han tenido: la libertad política. 

Aquella por la cual una sociedad se organiza, se dota de un marco de convivencia (la Constitución) y establece un sistema tal que pueda, no sólo elegir (aquí no elegimos, ratificamos listas de listos) sino revocar a aquellos designados para representar a los ciudadanos en las instituciones.

Decía que me iba a pegar un poco a la realidad, que en España es tan caótica y descalabrada que sería necesario un ensayo para abordar las cosas en toda su amplitud y profundidad. 

Nadie puede negar que la crisis económica y su fatal cola de fuego (paro, hambre y vivienda, fundamentalmente), los nacionalismos secesionistas, la corrupción generalizada y el brutal desplome de la Monarquía, son las principales preocupaciones y centros de atención de los españoles, que ven que vamos de mal en peor y que las medidas de ajuste, de momento absolutamente inoperantes, para intentar salir del agujero van manifiestamente y sin disimulo alguno en detrimento de los más débiles. 

Con la soga al cuello, no vamos a sumar aquí la posibilidad de una gran conflagración mundial si, como parece casi seguro, los EEUU atacan a Irán con dos objetivos claros (hay otros, evidentemente): eliminar su desarrollo nuclear y mantener abierto el estrecho de Ormuz. 

Mientras China y Rusia preparan ya sus ejércitos para la más que posible mundialización de un conflicto de resultados inimaginables, ya un portaviones norteamericano navega hacia la zona con toda su preceptiva flota de apoyo. 

Yo estoy convencido de que ya existe un acuerdo internacional plasmado soto voce para dar respaldo a esa intervención militar. Pero ni soy Jesucristo ni Alah. Aunque sí sé que como mejor se arregla una crisis económica es con una guerra. Miren y vean en la Historia.

Hablábamos de nuestra ‘esclavitud’. Sí señores: esclavitud. Unos mandan y otros permanecen con la boca cerrada si quieren comer. No, ya sé que no les van a dar latigazos ni a quemarlos en las cruces del Ku Klux Klan, pero algún porrazo o pelotazo de goma recibirán, les impedirán formar una familia, no tendrán un hogar, no recibirán la adecuada atención sanitaria, las pensiones se limitaran a esos sitios para hospedarse cuando no se puede ir a un hotel, se olvidará pronto lo que significa la palabra Cultura, la Educación de sus hijos será ‘una maría’ y pagarán-pagaremos hasta por respirar.

¿Exagerado?¿Alarmista? ¿Han visto a las madres griegas dejando a muchos bebés a las puertas de los hospicios para que no mueran de hambre? ¿Saben que los prospectivistas más destacados sitúan a España a la altura de Filipinas y Malasia en el plazo de unos 10 años?

Es obvio que si queremos cambiar las cosas, conservar una soberanía que la UE se dispone a invadir (legislando e imponiendo normas para nuestras Cámaras básicamente en política económica), terminar con la estructura demencial de un Estado desangrado por la malversación del dinero público y el tráfico de influencias, redactar una nueva Constitución, lograr la separación de los poderes en origen, acabar con el desempleo – con los sindicatos no cuenten – y muchas tareas más.

Deberemos afrontar un proceso de construcción ciertamente, pero dicho proceso está ligado como condición sine qua non a uno de deconstrucción. Como en la prestidigitación y el ilusionismo, nada es lo que parece. Nada significa lo que parece significar. Y vuelvo al lenguaje desde donde salí.

No vivimos en una democracia. Ni siquiera en una república bananera. Estamos sujetos a una curiosa esclavitud que tiene aromas de síndrome de Estocolmo: pagamos a nuestros políticos cantidades abusivas que ellos mismos fijan, mientras tenemos 6 millones de parados y más de 150.000 familias donde no trabaja nadie. 

Les pagamos muy bien, digo, pero les pagamos para que nos roben, esperpento ante el que Max Estrella caería tieso al asfalto junto a la luz de una farola bohemia. De este modo acabo comentándoles la vergüenza que he sentido al vivir en un país donde la Justicia ha estado meses mirando a la casa real para ver si imputaba al yerno Urdangarín, cuando ya estaba demostrada su participación en grandes y variados tejemanejes de los más abyectos. 

Y la corrupción del Fiscal Anticorrupción cuando avisó a La Zarzuela de que la policía iba a registrar la casa del ex balonmanista, para que a éste le diera tiempo a destruir información que le incriminara en delitos. Un miembro de la familia real, con el futuro asegurado para siempre jamás, viviendo a cuerpo de yerno en otro país a cargo de los españoles, robando dinero público en una nación en quiebra. 

Y aquí, por exigencias del guión y a pesar de la presunción de inocencia, sobra el vocablo ‘presunto’. 20 euros no pueden ser ‘presuntos’ si están ahí sobre la mesa y los estamos viendo. Fíjense en la importancia del lenguaje, en la necesidad de estar alerta ante los intentos de manipulación de la conciencia de los súbditos, que la ‘familia real’ no es real. Quiero decir que en realidad no existe. 

El Rey vive en Madrid y la Reina pasa casi todo el tiempo en Londres con su hermano Constantino, salvo cuando tiene que venir a representar obras de teatro a España. La infanta Elena no tiene ya papel alguno, Marichalar voló a los restaurantes y a las discotecas. Letizia pasa modelitos. Felipe evidencia falta de carácter y reza para no perder el trono, mientras los españoles no le dan ni un aprobado. 

Urdangarín intenta salvar el pellejo ‘por ser vos quien sois’ – eso sería escandaloso- y Cristina parece haber experimentado una epifanía mediante la que Yahvé le ha anunciado que, pese a sus declaraciones de la renta y su nombre y firma al frente de sucias sociedades, mantiene las manos y los bolsillos de una virginal pureza. 

Para colmo, nadie sabe como Juan Carlos ha logrado casi 3.900 millones de pesetas y 70 coches con el sueldo que le damos (Revista Forbes). En cuanto a los esclavos, tienen dos salidas: o reflexionan y abandonan la indolencia, o recuperan los blues. 

No son excesivamente complicados los clásicos de doce compases. Doce, el mismo número de meses que pasa cada año mientras nos humillan. Sí, claro, buenos programas de televisión sí tenemos.

Autor: Jorge Batista Prats

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