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Yemen se muere de hambre, ¿pero a quién le importa?


En la profundidad de las tierras altas de Rayma, 160 kilómetros al suroeste de Saná, la zona conocida como Bilad at Tam (la tierra de la comida) es uno de los lugares más hambrientos de Yemen, donde la mitad de las familias sufren malnutrición crónica o severa.

De pie en la entrada a su casa (una sola habitación de piedra construida sobre una tierra caliente y árida, al lado de un cobertizo de paja y con un horno de barro exterior), Abdo Abdo al Amrypresenta orgulloso a sus 14 hijos.

Sus rostros sonrientes muestran pocos signos de las hambrunas que el mundo se ha acostumbrado a identificar con África. Pero los hijos de Amry tienen malnutrición crónica; sus piernas son huesudas y delgadas, y sus cuerpos son más pequeños de lo recomendable para su edad.

Amry se gana la vida con una mototaxi prestada por un amigo y con lo poco que logra cultivar en un pequeño terreno. Gana menos de dos dólares al día, lo que ingresan casi la mitad de los yemeníes.

Con sus abuelos y sus hermanas viviendo con él, Amry tiene que alimentar cada día a 20 bocas.

Lo máximo que se puede permitir la familia es comprar harina para hacer su propio pan, que comen tres veces al día. Ocasionalmente lo complementan con calalú, un vegetal local, si el precio es asequible. “Algunas veces tenemos calalú, y otras veces nada”, dice.

El precio que paga su salud por una dieta tan monótona es alto. Varios de los hijos de Amry han desarrollado anemia por falta de vitaminas y minerales, y han tenido que recibir trasplantes de sangre en el hospital.

“Como estaba muy débil, tuve que donarle sangre a esta niña tres veces”, explica Saeda, la segunda mujer de Amry, que abraza a una chiquilla en su regazo. “Y a esta”, dice acercando a otra, “le tuve que dar sangre una vez. A la mayor le tuve que dar también sangre una vez”.

Saeda ha sufrido tres abortos, y uno de sus hijos murió con ocho meses por deshidratación.

En el límite

El hambre en Yemen no es fotogénica; más bien es un relato de potenciales sin desarrollar, de sueños perdidos y de dolor persistente que pasa de una generación a otra.
Los niños de Yemen no crecen para ser grandes y fuertes.

Un sorprendente 58 por ciento de los bebés (sólo un 1 por ciento menos que la peor tasa mundial, la de Afganistán) desarrollan problemas de raquitismo o de desarrollo mental y físico.

En torno a uno de cada tres niños tienen serios problemas de desarrollo, según un reciente informa de Oxfam que pide acciones urgentes a los donantes internacionales para que ayuden a las poblaciones “al borde de la tragedia” del país más pobre del mundo árabe.

Aún antes de que Yemen se sumergiese en el caos este año por la actitud del presidente Ali Abdullah Saleh ante las masivas protestas que exigen su marcha tras 33 años de Gobierno, la tasa de malnutrición ya era la tercera más alta en el mundo, mayor que en cualquier país subsahariano,tan sólo menor que la de la India y Bangladesh, según el Programa Mundial de Alimentos.

El hambre en Yemen comienza siendo un feto y continúa amargando de por vida a un tercio de la población, más de 7 millones de personas.

Una cuarta parte de las mujeres yemeníes de entre 15 y 49 años sufren malnutrición severa,según Unicef. Pese a ello, las yemeníes tienen más hijos que la mayoría de mujeres en todo el mundo: un promedio de 6,5 bebés por mujer. Las mujeres sufren abortos, los niños dejan de ir a la escuela porque tienen que ganar dinero y las niñas se casan a una edad temprana.

Y aunque se han comprometido millones de dólares para ayudar a otras naciones de la Primavera Árabe, el Plan de Respuesta Humanitaria para Yemen de la ONU, que requiere 290 millones de dólares (gran parte de ellos destinados para asistencia crítica de desplazados por conflictos), sólo ha conseguido hasta ahora la mitad de lo necesario.

“En la vecina Somalia hemos visto lo que ocurre si no se escuchan las alarmas y no se hace lo suficiente a tiempo para frenar una crisis”, dice Valerie Amor, vicesecretaria de Asuntos Humanitarios y coordinadora de ayuda en emergencias de la ONU. “No volvamos a repetir el mismo error en Yemen”.

Crisis creciente

Los economistas creen que entre 2006 y 2009 el efecto de la “Crisis de la triple F” (el aumento del precio de los alimentos, “food”; la caída de los ingresos del petróleo, “fuel”; y la caída de las remesas de dinero de los emigrantes por la crisis económica “financial”) aumentó la pobreza en Yemen en casi un 25 por ciento, tirando por la borda décadas de desarrollo.

Desde inicios de año la parálisis política en el país causada por la revuelta popular tan sólo ha conseguido aumentar ese declive.

El precio del petróleo ha aumentado más del 500 por ciento desde el inicio de la crisis, según la ONU, lo que influye en la capacidad de los campesinos de regar sus tierras utilizando bombas, lo que aumenta a su vez los costes de transporte de los alimentos al mercado.

Todo ello ha llevado a un incremento de los precios de los productos de alimentación en un 46 por ciento desde inicios de año.

Al hambre se suma además el masivo desplazamiento de familias yemeníes que huyen de las zonas en conflicto: más de 400.000 personas.

Faltándole en estos momentos 60 millones de dólares en su presupuesto de 2011 para Yemen, el Programa Mundial de Alimentos ha anunciado que quizás no pueda seguir distribuyendo raciones de comida entre los desplazados de Adén, y mucho menos alimentar a los millones de yemeníes que pasan hambre a lo largo y ancho del país.

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