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Ricos mas Ricos, Pobres mas Pobres


Todos los que vivimos en un grupo social determinado hemos firmado tácitamente un “Contrato Social”, según el cual, todos los individuos de ese grupo aceptamos una serie de derechos y deberes no inmutables, como norma de convivencia. En este “Contrato”, el individuo cede el poder de ejecutar la ley natural a la sociedad, que lo hará siguiendo las normas de los derechos naturales de la igualdad, la libertad, la vida, y la propiedad. 

Pues bien, este “Contrato”, que se intentó poner en práctica a partir de la Revolución Francesa y la transformación del súbdito en ciudadano, con sus derechos sociales, se ha mantenido en precario equilibrio siempre, y se ha roto en varias ocasiones, estableciéndose una lucha para lograr los principios de aquella revolución cortada de cuajo por la nueva clase social que ascendió al poder, desde el mismo momento en que se hizo con él.

La nueva clase social – la burguesía – se convirtió en la nueva clase explotadora, la que vivía del trabajo de los demás –los explotados – en las mismas condiciones que antes lo hacía la nobleza con sus siervos.

Fue a partir de la Revolución Industrial, y el nacimiento de la una nueva clase social – el proletariado -, que comenzarían a cambiar las cosas, y estos, a base de luchas, sufrir dos guerras mundiales de por medio, persecuciones, asesinatos, y dictaduras, consiguieron al cabo de cien años, una serie de derechos sociales, sueldos y condiciones, que permitían convivir a ambas clases – la explotadora y la explotada – en un cierto equilibrio y paz.

Desde que Henry Ford diera la posibilidad al obrero especializado para convertirse en clase media, abriendo los ojos al capitalismo, que así tenían una clase que mantendría el sistema y lo haría crecer al tener mayor poder adquisitivo para consumir más, no ha dejado de crecer y expandirse, siendo su mejor época la que media entre los años 50 y 80 del siglo pasado.

Pero como siempre, la avaricia y la ambición desmedida, que no se conforman con mucho sino que lo desean todo, lo cual, siendo imposible vuelve loco a quienes las padecen, inventaron la globalización, pero solo para sus propios intereses: los económicos. 

Comenzaron a cerrar empresas, una nueva palabra –deslocalización – empezó a sonar cada vez más en los oídos de todos, se empezaron a poner en marcha las nuevas teorías neo-liberales del “libre mercado” (según las cuales él mismo tiende a equilibrarse por sí mismo, sin la intervención de ningún estado), se eliminaron tasas y fronteras para el capital, las clases medias empezaron a perder poder adquisitivo al bajarse sus sueldos por la competencia global, y los bancos empezaron a conceder créditos a esa clase media para que pudiera mantener su status, los estados bajaron impuestos a los ricos y tuvieron que subirlos a los pobres y a las clases medias, que ya endeudadas con los bancos, tuvieron que pedir más créditos, y se empezaron a conceder créditos-basura, hasta que…

Todos conocemos el final. En realidad, conocemos hasta donde hemos llegado, el final, todavía es una incógnita. Y es una incógnita, porque las medidas que se están tomando son las mismas que nos llevaron a la crisis, por tanto, y lógicamente, solo pueden agudizar el problema, no solucionarlo.

Uno de los efectos que nos ha traído la globalización ha sido el crecimiento de la desigualdad entre los más ricos y los más pobres, que se ha disparado en los últimos treinta años. Si el factor social que tenemos para corregir esta diferencia y equilibrar la balanza – los impuestos directos – los gobiernos los bajan a los ricos y los suben a las clases medias y pobres, bien directamente o a través de los impuestos indirectos, se estará ayudando a aumentar esa diferencia, y con ella, a un malestar y una injusticia social que pone en entredicho el “Contrato Social”. Esta brecha interna no es cuestión de países ricos y pobres, pues afecta a todos, si bien más a unos que otros. Por ejemplo, en España, en 2008, el 10% mejor situado ganaba 12 veces más que el 10% peor pagado, en Italia, 10, y en Estados Unidos, 14.

Se ha de tener en cuenta también, que esta brecha se ha ido ampliando a partir de la época negra de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. En la economía estadounidense un ejecutivo solía ganar 30 veces más que un empleado; ahora gana 110 veces más, y además paga menos impuestos. (En España estas diferencias no son tan acusadas, si bien en ciertas empresas como bancos, o Telefónica y otras grandes, las diferencias en el año 2008 se movían en un abanico entre 40 y 60 veces más el sueldo de un ejecutivo que el de un empleado). 

Esta injusticia es la que ha llevado al multimillonario Warren Buffet a pedir que se le graven más sus impuestos, viendo que su fortuna estaba gravada con un 17%, mientras que sus empleados lo estaban con unos tipos que oscilaban entre el 33% y el 41%. Y no se quejaba guiado solo por un afán de justicia, sino también por un interés egoísta: perdía dinero en la bolsa porque el mercado no funcionaba al haberse mermado la capacidad adquisitiva de la clase media (En Estados Unidos, la clase media es la clase trabajadora, solo que allí no se emplea esta palabra por sonar a “lucha de clases”).

El aumento de la desigualdad afecta también a la vida política, ya que los ricos pueden controlar los procesos políticos a través de la financiación de los partidos, beneficiándose de ello. Del mismo modo, tienen acceso a una mejor Educación y a una Sanidad privada, por lo que no están interesados en mantener la pública con sus impuestos, pero sí en que mantengamos con los nuestros la que solo ellos se pueden permitir.

El Poder Financiero todo lo consigue por la corrupcion de los politicos que no ejercen sus deberes como representantes de los ciudadanos que los han elegido y se pliegan a las exigencias del capital incumpliendo sus obligaciones y deberes y permitiendo escenas como la de estos policias dispuestos a masacrar a un ciudadano que descansa pacificamente en un banco.

En España se han bajado los impuestos a los ricos, clases altas y empresas en más de un 30% desde la época Aznar, mientras que se han subido a los pobres a través de los indirectos y los precios de servicios y bienes de consumo.

¿Dónde está el punto justo que deberían de pagar los que más tienen? Difícil pregunta, pero creo que en los casos más elevados –y de acuerdo con el Nobel Peter Diamond – se puede llegar a un 70%. De hecho, es lo que ha estado pagando cualquier mediano empresario, si se molesta en hacer cuentas, desde que se hace la Declaración de Hacienda. 

El motivo de imponer este porcentaje es muy sencillo; no le afecta en lo más mínimo porque tiene dinero de sobra, y afecta al bienestar de la sociedad. Su felicidad (aunque esto es muy teórico, y no creo que ellos estén de acuerdo) no se ve afectada, pues continúa pudiendo obtener todo lo que desee y mantener su status, incluso se le quita un peso de encima. 

Se puede alegar que muy rico lo es porque ha sido un innovador, alguien que ha aportado a la sociedad más de lo que ha recibido. Falso. Esos son una minoría que no se opondría a la justicia, por el contrario, la mayoría de esos multimillonarios provienen del mundo de las finanzas, ni tan solo han utilizado su dinero para hacerse ricos, han robado, embaucado, y estafado a sus clientes, y si los han arruinado, no han querido saber nada y se han retirado con sus beneficios a un paraíso fiscal.

El señor Presidente del Banco Santander, el mayor de España y Europa, ha evadido capital por mas de 2.000 millones de €, ha sido descubierto por un frances y el gobierno español ha hecho la vista gorda. Ahora se preguntan porque han perdido las elecciones.

A pesar de estar claro que la solución de la crisis pasa por la subida de impuestos directos mediante una reforma fiscal – aparte de luchar contra el fraude fiscal, imponer una tasa a las transacciones financieras, y perseguir a quien tenga cuentas en paraísos fiscales -, los gestores del capital que tenemos como gobernantes siguen con la misma receta que nos ha traído hasta aquí para que nos lleve al final que desean: el pastel de las privatizaciones.

Han roto el “Contrato Social” unilateralmente, y por tanto estamos libres también de su cumplimiento nosotros. Debemos de actuar en consecuencia con tal rotura; no hay obediencia a una autoridad, porque no tienen autoridad, no tienen nuestra voz, pues la soberanía descansa en nosotros, y no nos representan al no defender nuestros intereses, sino gestionar los del capital. La lucha ha comenzado de nuevo.

Autor: Carlos Galeon
Fuente: Juan Santiso

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